Corea del Norte: Lo que nadie te cuenta sobre su comida y cultura.
Corea del Norte es uno de los países más cerrados y enigmáticos del mundo. Bajo un régimen dictatorial liderado por Kim Jong-un, el acceso a la información, a los recursos y a las libertades más básicas está fuertemente restringido. Esta realidad también se refleja en algo tan cotidiano como la comida. En un país donde el Estado controla casi todos los aspectos de la vida, la forma en que se come está determinada por la posición social, la lealtad al régimen y la ubicación geográfica de cada persona.
La alimentación bajo el régimen
La alimentación en Corea del Norte está marcada por la escasez y el control estatal. A través del llamado Sistema de Distribución Pública, el gobierno entrega raciones básicas de alimentos como arroz, maíz, harina y, en algunos casos, aceite o sal. Sin embargo, este sistema ha sido históricamente ineficiente e incapaz de cubrir las necesidades básicas de la población. En las zonas rurales, donde el control directo es menor pero la pobreza es más profunda, muchas personas recurren a métodos de subsistencia extremos, como recolectar raíces, hierbas silvestres o incluso corteza de árbol.
La dieta diaria del ciudadano promedio es simple y repetitiva: arroz o maíz, acompañado de kimchi —el tradicional repollo fermentado picante— y, con suerte, una sopa de fideos. Los productos de origen animal como la carne, los huevos o la leche son escasos y suelen reservarse para ocasiones especiales o para quienes tienen privilegios dentro del sistema. Una de las prácticas más chocantes para el mundo exterior es el consumo de carne de perro. Aunque en algunas culturas asiáticas esto existe por tradición, en Corea del Norte está vinculado a la escasez y a antiguas creencias sobre sus supuestas propiedades nutritivas.
Desigualdad y mercado negro
A pesar de la propaganda oficial, que muestra supermercados bien abastecidos y restaurantes de lujo para turistas o funcionarios del partido, la realidad de la mayoría es muy distinta. La desigualdad alimentaria es evidente: mientras la élite en Pyongyang accede a alimentos importados y banquetes, el pueblo llano lucha por conseguir lo básico. Por esta razón, han surgido los jangmadang, mercados ilegales o semi-tolerados donde se vende comida de contrabando, principalmente proveniente de China. Allí se pueden encontrar productos más variados como arroz de mejor calidad, carne, dulces e incluso bebidas extranjeras como Coca-Cola.
En las calles, algunos puestos venden pinchos de carne, bollos al vapor, pan frito o pastelitos de arroz. Sin embargo, estos pequeños lujos siguen siendo inaccesibles para muchos norcoreanos. La escasez, la desnutrición y la dependencia del mercado negro son realidades diarias que contrastan con la imagen de autosuficiencia nacional que el régimen intenta proyectar.
Restaurantes controlados y curiosidades gastronómicas
En Corea del Norte, abrir un restaurante privado es imposible. Como la propiedad privada está prohibida, la iniciativa privada en el sector gastronómico no existe. Los pocos restaurantes que hay, sobre todo en Pyongyang, están controlados por el Estado y dirigidos a funcionarios del régimen y turistas extranjeros, principalmente chinos. Los precios son tan elevados que son inaccesibles para la mayoría de la población.
Curiosamente, entre estos locales exclusivos existen algunas pizzerías. Aunque parezca extraño en un país tan cerrado, la pizza tiene su lugar gracias a una anécdota insólita: el antiguo líder Kim Jong-il era un gran aficionado a este plato. En 1999 llevó a un chef y a un instructor de Italia a Pyongyang para entrenar cocineros locales. Desde entonces, hay un puñado de pizzerías en la capital, todas gestionadas por personal norcoreano. Para la mayoría de la población, probar una pizza sigue siendo un sueño reservado a unos pocos privilegiados.
Comer como acto político y de supervivencia
Comer en Corea del Norte no es simplemente una cuestión cultural o gastronómica: es una lucha diaria marcada por la política, el aislamiento y la represión. La comida —como casi todo en el país— es un reflejo del poder, la desigualdad y la supervivencia. Bajo el régimen de Kim Jong-un, la alimentación está profundamente condicionada por el control estatal, la censura y el miedo.
Hablar de la gastronomía norcoreana es entender la historia de un pueblo que, pese a todas las limitaciones, ha sabido mantener vivas sus raíces. Su cocina es sencilla pero cargada de significado y resiliencia.
¿Qué opinas de esta realidad? ¿Crees que en medio de tantas restricciones la gente logra mantener su identidad cultural? Déjame tu comentario abajo, quiero leerte y conocer tu perspectiva.
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